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DETRÁS DE CADA NIÑO HAY UNA HISTORIA

15 jun
2 min de lectura

El martes intenté viajar a la comunidad de Yabalo, en los Yungas. Por la mañana no pude llegar y tuve que regresar debido a los bloqueos que impedían el paso. Sin embargo, sabía que debía estar allí, así que decidí intentarlo nuevamente por la tarde. Después de muchas dificultades en el camino, finalmente llegué a las 01:40 de la madrugada del miércoles.


Una de las razones por las que insistí tanto en llegar era el compromiso que tenía de compartir con los niños y niñas de la comunidad. Allí funciona una pequeña unidad educativa multigrado con apenas diez estudiantes. El tema principal de la jornada era la prevención del abuso, pero durante una dinámica sobre las emociones les pregunté qué cosas les ponían tristes.


Las respuestas fueron sencillas, pero profundas. Algunos dijeron que se sentían tristes cuando se quedaban solos; otros, cuando sus padres discutían. Entonces una niña tomó la palabra y compartió algo que dejó una huella en mí. "A mí me puso muy triste cuando mi mamá murió porque mi papá le pegaba mucho. Ahora vivo con mi hermana y su familia. Mi papá ya tiene otra familia y creo que no me quiere. Eso me pone triste."


Solo pude decirle que sentía mucho lo que había vivido y preguntarle cómo se encontraba ahora. Me respondió que extrañaba mucho a su mamá, pero que estaba mejor.


Por dentro quedé en silencio.


Tuve que continuar con las actividades y seguir atendiendo a los demás niños, pero sus palabras se quedaron conmigo todo el día. Me impresionó cómo una niña tan pequeña podía cargar una historia tan dolorosa y contarla con una serenidad que solo tienen quienes han aprendido a convivir con el sufrimiento.


Fue entonces cuando comprendí que había valido la pena cada hora de viaje, cada obstáculo y cada esfuerzo para llegar hasta allí.


Porque detrás de cada niño hay una historia que no siempre vemos.


Historias marcadas por pérdidas, ausencias, miedos o heridas que permanecen ocultas detrás de una sonrisa, una mirada tímida o el silencio. Historias que necesitan ser escuchadas, validadas, acompañadas y abrazadas.


A veces pensamos que nuestro aporte es pequeño, pero una conversación, una palabra de aliento o simplemente estar presentes puede marcar una diferencia profunda. En ocasiones, nuestra presencia puede ser el primer paso para que un niño descubra que no está solo, que su voz importa y que hay personas dispuestas a escucharle.


Y quizá ahí comienza la esperanza.

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