CRIAR MIENTRAS APRENDEMOS A SENTIR

Cuando un niño no encuentra palabras para lo que siente, muchas veces escucha frases como: “No llores”, “No es para tanto” o “Ya se te va a pasar”.
Probablemente muchos de nosotros crecimos escuchando algo similar. Aunque generalmente fueron dichas con buenas intenciones, también pudieron enseñarnos, sin que nadie lo notara, a silenciar nuestras emociones: seguir adelante cuando estábamos tristes, ocultar el miedo o minimizar aquello que nos dolía.
Durante mucho tiempo pensé que eso era normal. Sin embargo, hace algunos años, mientras me preparaba para facilitar talleres con niños y adolescentes en Asociación Kamani, ocurrió algo que me hizo reflexionar profundamente.
Una de las actividades que realizamos consiste en hablar sobre emociones. Les preguntamos a los niños: ¿Qué te hace sentir feliz? ¿Qué te pone triste? ¿Qué cosas te dan miedo? ¿Qué te hace enojar?
Mientras preparaba el material, decidí responder yo misma esas preguntas antes de hacerlas a otros. Y entonces me encontré con algo inesperado: no tenía respuestas claras.
Me di cuenta de que podía hablar durante horas sobre responsabilidades, proyectos o trabajo, pero me costaba identificar qué estaba sintiendo realmente. Y entendí algo importante: muchos adultos estamos intentando enseñar a nuestros hijos a gestionar emociones que nosotros mismos nunca aprendimos a reconocer.
Las emociones no son el problema
Como padres, solemos preocuparnos cuando nuestros hijos lloran mucho, hacen berrinches o se enojan fácilmente. Pero las emociones no son malas. La tristeza, el miedo, el enojo y la frustración forman parte de la experiencia humana y cumplen una función: nos muestran lo que está ocurriendo dentro de nosotros.
El desafío no es evitar que los niños sientan emociones difíciles, sino enseñarles qué hacer con ellas. Muchas veces corregimos rápidamente una conducta sin preguntarnos qué hay detrás: detrás de un grito puede haber frustración; detrás de una respuesta desafiante, inseguridad; detrás de un berrinche, cansancio; y detrás del silencio, tristeza.
Por eso, es importante recordar que muchas veces la conducta es el lenguaje que utilizan los niños cuando todavía no encuentran palabras para expresar lo que sienten.
Cuando un niño no tiene palabras, habla con su comportamiento
Los adultos solemos expresar nuestras emociones hablando. Los niños, muchas veces, lo hacen mediante sus conductas. Algunos se vuelven agresivos cuando están heridos emocionalmente; otros se aíslan cuando tienen miedo; algunos lloran constantemente y otros parecen estar siempre molestos. Con frecuencia interpretamos estas conductas únicamente como problemas de comportamiento. Sin embargo, detrás de ellas puede existir una necesidad emocional que busca ser escuchada.
Esto no significa dejar de poner límites. Los límites son necesarios y brindan seguridad. Pero cuando logramos comprender la emoción detrás de la conducta, podemos acompañar a nuestros hijos de una manera mucho más efectiva.
La educación emocional también es protección
A veces pensamos que proteger a nuestros hijos significa alimentarlos bien, enviarlos a la escuela o cuidar su salud física. Todo eso es fundamental, pero también necesitamos proteger su mundo emocional. Un niño que aprende a identificar y expresar lo que siente tiene más herramientas para pedir ayuda cuando algo le incomoda, reconocer situaciones de riesgo, poner límites y construir relaciones saludables.
Un niño que puede decir: “Tengo miedo.”, “Eso me incomoda.”, “No me gusta.”, “Necesito ayuda.” está desarrollando herramientas que pueden protegerlo durante toda su vida.
¿Qué podemos hacer desde casa?
No necesitamos ser expertos para ayudar a nuestros hijos a desarrollar inteligencia emocional. Pequeñas acciones cotidianas pueden hacer una gran diferencia.
1. Comenzar por nosotros mismos
Antes de preguntar a nuestros hijos cómo se sienten, podemos preguntarnos: ¿Cómo me siento hoy? ¿Qué me preocupa? ¿Qué me tiene feliz? Cuando los niños ven a los adultos reconocer sus emociones, aprenden que hacerlo es algo normal.
2. Nombrar las emociones
Muchas veces los niños sienten cosas que no saben explicar. Podemos ayudarles diciendo: “Parece que estás triste”, “Creo que eso te frustró” o “Eso te dio miedo, ¿verdad?”. Poner nombre a lo que sentimos ayuda a comprender mejor lo que ocurre dentro de nosotros y favorece la autorregulación.
3. Escuchar antes de corregir
Cuando un niño está alterado, generalmente necesita sentirse comprendido antes de recibir una enseñanza. Podemos decir: “Entiendo que estás molesto” o “Veo que esto fue difícil para ti”. Sentirse escuchado no elimina los límites, pero sí puede facilitar que el niño los acepte.
4. Crear momentos de conversación
Las mejores conversaciones suelen ocurrir en momentos sencillos: antes de dormir, mientras caminamos, durante una comida o mientras jugamos. Estos pequeños espacios fortalecen la confianza y la conexión emocional.
5. Enseñar que todas las emociones tienen lugar
Nuestros hijos necesitan saber que no serán rechazados por sentir. Podemos recordarles: “Está bien llorar”, “Está bien sentir miedo” o “Tus emociones son importantes”. Cuando un niño comprende que puede expresar lo que siente sin ser juzgado, desarrolla mayor seguridad emocional.
Muchos de nosotros crecimos sin saber cómo hablar de nuestras emociones. Hoy tenemos la oportunidad de hacer algo diferente. No podremos evitar que nuestros hijos enfrenten tristeza, miedo o frustración; eso también forma parte de la vida. Pero sí podemos asegurarnos de que no tengan que enfrentar esas emociones solos.
Y quizás eso también sea parte de sanar como adultos: aprender junto a ellos aquello que nadie nos enseñó cuando éramos niños.



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